miércoles, 5 de marzo de 2008

México / Enrique Metinides - Con el ojo en la sangre


Texto de Sandra Lorenzano* / Tomado del Clarin 2003

Antes de los 12 ya fotografiaba los choques que se sucedían frente a la tienda familiar. De ahí el apodo con que aún lo llaman bomberos, presos y policias: "Niño". Un mapa del sub-México, por su mejor cartógrafo.

La vida no vale nada...", canta José Alfredo Jiménez y su voz resuena en todas las radios de la ciudad de México. La frase, que canta con sus mariachis, es conclusión melancólica y filosofía de vida en una ciudad que ya comienza a tener nostalgia de sí misma, ciudad de "merolicos" en las esquinas, de volcanes que se ven a lo lejos porque todavía es "La región más transparente del aire", como la llamó el barón Von Humboldt; ciudad de tranvías grises ("El tranvía murió cuando lo pintaron de naranja", comenta Enrique Metinides), de migrantes con sombrero y calzón de manta que comienzan a aprender las lecciones de una urbe cuya población crece más del 70 por ciento durante los años 40 y 50. Es el Distrito Federal de los muralistas y los films de rumberas, de Frida Kahlo, de un jovencísimo Octavio Paz y de una revolución que, habiendo llegado del campo, fortalece su "institucionalización" en el asfalto. En él conviven, sin siquiera rozarse, "buenas familias" y "pelados", viejas mitologías y nuevos relatos, todos los tiempos en un solo espacio. "La vida no vale nada" podría también servir de título a las fotos reunidas del más importante fotorreportero mexicano de periodismo policial, la llamada "nota roja".

Durante más de cincuenta años, Jaralambos (Enrique) Metinides Tsironides retrató el lado más desgarrador de la ciudad, el más escabroso. Accidentes, incendios, muertos, asesinos, forman la galería del horror registrada por el "Niño" Metinides. "Desde que llegué a la Cruz Roja me decían Niño y se me quedó el apodo; en todo el medio me conocen como el Niño", cuenta este hombre de cuerpo pequeño y nervioso, que vive en un departamento sobre una de las avenidas más transitadas de la ciudad, junto a una "gasolinería". "Sabemos que es una bomba de tiempo", agrega en seguida quien ha fotografiado casi treinta estaciones de servicio en llamas.

En una ciudad que quería reconocerse en las imágenes de modernidad que las autoridades de turno le vendían, Metinides comenzó su carrera eligiendo los escenarios marginales donde lo moderno se diluye y se vuelve periferia, y el campo es a la vez recuerdo nostálgico y fuerza que debe aprender a vivir en "la capital". Mira esa "otra ciudad" a través de la lente de su primera cámara cuando aún no tiene doce años, y ésa es la ciudad que se vuelve protagonista de sus fotos, territorio de las obsesiones de este hijo de griegos.


"Mi papá tenía una tienda de fotografía junto al Hotel Regis —cuenta Metinides—, y cuando la vendió, me regaló la cámara. Entonces yo andaba con mis rollos tomando fotos por todos lados. Mis padres habían nacido en Grecia; vinieron a México de luna de miel y aquí se quedaron. Yo nací en 1934. Por San Cosme pasaban los tranvías y para que no atropellaran a la gente que se paraba a esperar hicieron unos camellones con una especie de boya de concreto, y ahí se estrellaban los carros y yo tomaba fotos de eso. Todavía no cumplía los doce años."

El fotógrafo cuenta que por entonces solían comer en el Olimpia el Juez Calificador y las autoridades de una Delegación policial cercana, la 7a. "Yo les enseñaba mis fotos y como me conocían, me invitaron: ''Si quieres, vente a la Delegación; ahí retratas los carros chocados que nos llevan las grúas y te metes con nosotros a lo que haya''; me daban permiso para retratar a los presos, los cadáveres y la gente discutiendo." Sigue recordando Metinides: "Una de mis primeras fotos es la de un tipo que mataron en Nonoalco y después recargaron la cabeza en la vía del tren, para que se la cortara. Se ve el cuerpo sobre la plancha y la cabeza puesta a un lado. ¡Nomás dígame, a esa edad yo viendo eso!".

Estamos en la ciudad de Los olvidados, el film de Luis Buñuel, de 1950. Allí, lejos del boato y colorido de las secciones de sociales de los periódicos, donde se levanta el escenario de la nota roja, la vida "no vale nada". "No me impresionaba, porque me había acostumbrado a ver esas cosas en las películas —continúa—. Cuando era chico había un cine en cada calle y yo me metía a ver películas de gángsters. Ahí me nació la pasión por lo policíaco, las corretizas: cómo se daban de balazos y cómo los mataban. Yo veía que en las películas explotaba una bomba y no se veían directamente las llamas, sino como luces sobre la gente. Me quedó tan grabado que muchas de mis fotos son así. He retratado mucho al público. ¡Es increíble el público!"

"Los mirones" llama Metinides a su colección de fotos del "público". Todos somos voyeurs, todos somos cómplices. "Los otros fotógrafos lo primero que hacían era quitar a la gente a groserías —recuerda—, pero yo los dejaba y buscaba mi foto tipo cine. Llegaba a los crímenes y retrataba la casa, la entrada, me metía. Como una vez que mataron a tres viejitas en Coyoacán. Cuando llegué, retraté la casa, la puerta con el policía y toda la gente amontonada. Me metí a un pasillito donde había un jardín y una jaula con un loro; le tomé la foto al loro, tomé las fotos de ellas. Retraté las fotos en vida, que era lo que se publicaba. Adentro vi todo revuelto y retraté los cadáveres... ¿Qué foto me publicaron en primera plana? ¡La del loro! ''El testigo del crimen'', decía la cabeza de la notica."

La nota roja es el melodrama de los marginados, de las primeras planas de los pasquines Alarma!, Jaque al crimen, La Prensa. ¿Qué pasa por la cabeza de una sociedad que se convierte en una de las mayores consumidoras de prensa amarilla del mundo? ¿Qué tipo de reconocimiento y autorreconocimiento busca? Los quince minutos de fama llegan póstumamente, con historias de sangre, de traiciones, de accidentes y muerte.

Metinides continúa su relato: "Un día se accidentó un carro y el que hacía las tortas en la esquina dijo: ''Acaba de haber un choque, avísenle al niño del restaurant''. Ya todo mundo sabía que a mí me gustaba retratar esas cosas, hasta me mandé a hacer tarjetitas y me hacía llamar reportero. Y puse el teléfono para que dizque me hablaran. Cuando estaba tomando fotos de ese choque, llegó un taxi y se bajó un fotógrafo de La Prensa, y me dijo: ''A ver, niño, ¿te gusta tomar fotografías? Ven a verme al periódico''. Así conocí a Antonio Velázquez, ''El indio''. Tuve al mejor maestro de fotografía de nota roja: todos los días paraba un taxi en la avenida Juárez o en la avenida Hidalgo y le decía al chofer: ''Somos de La Prensa, te voy a dar cincuenta pesos; nos vas a llevar a la cárcel de Lecumberri, luego al Hospital Juárez y luego a la Jefatura de Policía''. Cada media hora chequeaba por teléfono los accidentes que había. Llegaba a la penitenciaría de Lecumberri como a su casa. Ahí estaba también el servicio forense y ''autopsiaban''; era una sala del tamaño de un cine, llena de camas de granito y uno se resbalaba, porque haga de cuenta, se lo juro, que entraba usted al rastro, pero era un rastro de cadáveres. Yo no sé cómo, habiendo tan poca población, había tantos asesinados. Allí conocí a otro fotógrafo, Andrés Devars, que muchas veces pedía el cuchillo con el que habían matado a esa persona y se lo volvía a meter, para la fotografía."

Las calles siguen presentes para Metinides a pesar de que, después de haber sufrido un infarto, tuvo que acostumbrase a no salir corriendo a fotografiar accidentes y tragedias. Aprender a quedarse quieto en casa ha sido muy difícil para este hombre cuyo trabajo, hoy admirado en París y Nueva York, en Londres y Berlín, y que en el año 1996 ganó la II Bienal de Fotoperiodismo de México, lo ha llevado a poner la propia vida en riesgo.

"¡Si supiera la cantidad de accidentes que he sufrido tomando fotos!", exclama de pronto. "Siete costillas fracturadas, me abrí la cabeza varias veces, tuve quemaduras en algunos incendios... Lo peor fue el infarto que me dio en la azotea de la Cruz Roja mientras tomaba fotos de unos heridos que habían traído en helicóptero. Es que yo no sólo iba y retrataba; me ponía a ayudar, a sacar gente de abajo de los escombros o de los hierros torcidos, me metía entre las llamas. Muchas veces, después de haber cargado a un niño que había sufrido alguna tragedia, me escondía en un rincón y me ponía a llorar."

Hoy vive rodeado de sus colecciones, ordenadas meticulosamente: son decenas de miles de fotos publicadas en las portadas de toda la prensa policial de México. Albumes y videos de catástrofes —terremotos, incendios, explosiones— a las fotos de choques de auto que recortaba de las revistas cuando era chico. Tiene un apartado especial sobre el 11 de septiembre ("¿Sabe por qué tengo tanto sobre eso? Porque me hubiera gustado estar ahí").

"A los doce años conocí el penal de Lecumberri. Una vez llegamos y los presos me sacaron un poco de dinero que traía, mi libreta, mi pluma, un peine. Yo no quería decirle nada al Indio, pero se dio cuenta y se lo contó a un tipo, el Sapo le decían, que era el ''gallo'' del penal. Entró porque había matado a 136 personas, niños y mujeres. Era un asesino de primera. Y adentro mató a seis más. Cuando el fotógrafo le dijo que me acababan de robar, mandó llamar a los otros presos, los hizo formar como en la escuela, y les dijo: ''El próximo que le robe algo a este niño se las va a ver conmigo''. Desde ese día cada vez que entraba al penal, me agarraba un preso de cada manga y me cuidaban."

Aun sin salir de casa, se asoma al espanto a través de las enormes pantallas de varios televisores instalados en los pequeños ambientes de su departamento. El horror al vacío al que se hace tanta referencia cuando se habla de la cultura mexicana, aquél que dio origen a una de las expresiones más ricas y complejas del barroco latinoamericano, aparece en este espacio a través de obsesivas colecciones. Todo es coleccionable: figuras del Gordo y el Flaco, ranitas de todo tipo y, su mayor orgullo, las tres mil piezas de camioncitos de bomberos, patrullas, ambulancias y todos los juguetes y objetos imaginables relacionados con los servicios de socorro. "Lo más doloroso es cuando los accidentados son niños. Varias fotos de niños que habían sufrido accidentes laborales, sobre todo esas tremendas de los bracitos deshechos por las moledoras de carne, sirvieron para que empezara a discutirse la ley que prohibió el trabajo infantil."

La nota roja convierte la tragedia en espectáculo, en escenario para el morbo, pero se pretende también denuncia, el "brazo armado con una cámara" de una policía que ya no existe. ¿Existió? "Antes era diferente. Ahora no se sabe quién es quién." El relato de las imágenes va armando una de las novelas más inquietantes sobre la sociedad contemporánea.

"Con ''El indio'' también iba a la estación de bomberos y, si había un incendio, nos subíamos al camión. Yo, de niño, iba agarrado de las mangueras y tomaba fotos. Todos los días terminábamos en la Cruz Roja. La Prensa ya publicaba mis fotos; aunque usaba la cámara que me había dado mi papá, me quedaban mejor que las de él, porque me metía por todos lados. El director del periódico, que me quería mucho, me preguntó si me gustaría quedarme en la Cruz Roja. Apenas iba a cumplir 13 años. Pero me cuidaban mucho los mismos choferes, me protegían cuando había accidentes horribles; en los incendios los bomberos me llevaban en los hombros, para que no me pasara nada, por eso tomaba fotos que nadie tomaba".

En la Cruz Roja estuvo casi toda su vida. Inventó las claves que hasta el día de hoy se utilizan y que sirven, por ejemplo, para que los familiares que acompañan a la víctima no se enteren de que llevan un "catorce", o sea un cadáver, que no se impresionen porque el herido murió antes de llegar al hospital. "También se me ocurrió que las ambulancias debían ser blancas —agrega—, porque hasta ese momento eran grises." En la Cruz Roja fundó la sala de prensa, que hoy lleva su nombre.

El murmullo de la ciudad es la música de fondo de la conversación vertiginosa del "Niño"; los millones de voces, los millones de relatos con los que habla esta "monstruópolis", como llama el escritor Emiliano Pérez Cruz a esta urbe que es muchas en una. Todos los espacios en un solo tiempo. "Ese ruido es un radio de banda civil que tengo en la cabecera de la cama; está puesto en las frecuencias de la policía, de los bomberos y la Cruz Roja. Siempre he dormido, hasta hoy, escuchando esas señales y con mi cámara, un pantalón y una camisa sobre una silla. Rápidamente me daba cuenta si había habido un accidente y salía corriendo a tomar fotos".

Su pasión por el cine lo llevó muchas veces a hacer sus fotografías como seriales: una foto muestra a un niño asesinado a golpes, la siguiente a la madre desesperada en el servicio forense, el velorio, la mujer cargando el ataúd. O la serie del frustrado suicidio en un edificio en construcción: "No me interesa la sangre, me interesa el drama de la vida".

Transformar el instante en memoria es una forma de desafiar a la muerte. Su búsqueda obsesiva del momento preciso logra, con algo de perverso e inocente a la vez, hacernos cómplices de esas historias. "El que mira la fotografía en el periódico tiene que sentir lo mismo que los que estaban ahí. Se sufre mucho y hasta se arriesga la vida para tomar una fotografía que a lo mejor ni publican por problemas políticos. Durante el movimiento estudiantil de 1968, la policía y los judiciales nos quitaban los rollos que habíamos tomado; muchas veces utilizaron nuestras fotos para identificar a los cabecillas. El 2 de octubre, yo llegué a la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco justo después de la matanza. Llegué a ver cuando recogían a los muertos. La explanada estaba llena de cadáveres y todavía se oían balaceras esporádicas. A la Cruz Roja habían sido llevados muchísimos heridos, pero entraron los solados y se llevaron al Campo Militar Nø1 a los que consideraban líderes del movimiento. Al día siguiente los periódicos no publicaron nada de lo ocurrido".

"Este trabajo ya no es lo que era. No hay ningún respeto." El Niño Metinides puede decir, con el final de Las batallas en el desierto: "Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror ¿quién puede tener nostalgia?".


*S. Lorenzano es escritora. Vive en México desde 1976. Es autora de La literatura es una película. Revisiones sobre Manuel Puig (UNAM, 1997) y Escrituras de sobrevivencia. Narrativa argentina y dictadura (Beatriz Viterbo/ UAM, 2001).


2 comentarios:

Notas Rojas Mexicanas dijo...

ENRIQUE METINIDES: fotógrafo mexicano. Cincuenta años en la fuente policiaca. Desde su niñez, "El Niño Metinides" como le decían sus colegas, es atraído por la fotografía y el periodismo de nota roja. Sus obras son un espejo de la sociedad y el México de los cincuentas sesentas y setentas. Fue ganador del Premio Espejo de Luz en la 2a bienal de fotoperiodismo, galardón que lo proyecto al mundo. Su obra es internacionalmente reconocida por su contenido social, estético y el simbolísmo de toda una época de México. Este video es un homenaje de la Bienal de Fotoperiodismo al artista. Realización: Enrique Villaseñor 1996.

http://www.youtube.com/watch?v=xTbcjddasBc

De imágenes para medios sensacionalistas a fotografías de exposición dijo...

La impactante y violenta muestra '101 tragedias', del fotógrafo mexicano Enrique Metinides es la gran sorpresa para el público que visita la 42ª edición de los Encuentros de Arles, el festival de fotografía más importante de Francia.

Así lo ha declarado este martes su director, François Hébel, desde esa localidad del sureste de Francia, y agregó que al principio tuvo "miedo de que la gente reaccionara mal a las fotografías de Metinides, pero hasta ahora no hubo ni una sola queja. Quizás no me crean, pero a todo el mundo le parece una buena exposición."

La muestra del mexicano recupera la mirada sobre las tragedias urbanas cotidianas, como accidentes aéreos, de automóvil, de tren, homicidios, suicidios y ahogamientos, entre otros, que fueron fotografiadas a lo largo de la vida profesional de Metinides, (México DF, 1934), y publicadas en periódicos y revistas sensacionalistas de México.

Según Hébel, "el público se sorprendió por la violencia que emerge de las imágenes de Metinides, pero comprendió que lo exhibimos en Arles porque es un fotógrafo de la prensa cotidiana muy diferente de los otros. Metinides esta más cerca del cine que del periodismo, logra hacer algo muy particular con la fotografía, y eso es justamente lo que buscamos en nuestro encuentro".

Los organizadores resaltan también la faceta humana de su trabajo y explican que "sus fotos son a menudo una prueba de humanismo, de un sentido del detalle y de una conciencia del accidente pero también del contexto cultural, que diferencian a Metinides del sensacionalismo contemporáneo".



http://www.elmundo.es/america/2011/08/02/mexico/1312297387.html